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| ¿Cuánta vida por descubrir? |
Paramos en el despacho de café de la esquina. Ese que tiene a un Panchito con sombrero de bombín en el escaparate. Cogemos un baso de leche y nos sentamos en un banco a ver pasar a la gente, sentir el fresco, oler la incipiente primavera y escuchar a este ciudadano del mundo que, anónimamente, completa un cuadro urbano. Un Bodegón de cotidianidad urbana de una burguesa ciudad norteña.
Mientras Laia apura su leche, él también apura las últimas notas de un clásico bolero popular. Ermitaño de la música, se refugia detrás de su instrumento y con la mirada baja, deja caer su tonada.
Es esa mirada la que me atrae. No quiere cruzarla con nadie. Sólo toca y a penas agradece con una mueca si alguien le remunera con una moneda. Al terminar nuestro descanso le dejo a Laia una moneda para que se la de. Laia me mira, sonríe y de dice: "Los dos". Coge mi mano sin soltar la moneda y nos acercamos a este habitual ermitaño musical. Antes de soltar la moneda le mira. Es entonces cuando descubro que él está mirando a Laia y sonrie al ver la estampa de una niña que lleva a su padre a ecgar una moneda. Él sonrie, Laia sonríe. Yo también.
PD: Sobre este músico ermitaño supe a través de este blog, que sugiero a quien quiera disfrutar de lectura ordinaria y sencilla. Lectura llena de sentimiento y normalidad.


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